16 de abril de 2017

Diabetes y psicología

Yo nunca me he sentido deprimida por tener diabetes (aunque conozco gente que sí), en general soy una persona bastante alegre, pero sí me he sentido triste y cansada por tener que estar constantemente controlada y vigilar cada cosa que haces. Supongo que es un sentimiento normal. Las personas no pueden estar todos los días de su vida 100% alegres, pero mi carácter me ha ayudado siempre a ver esta enfermedad como un vaso medio lleno, que no medio vacío.


Vaso, ¿medio lleno o medio vacío?
A mí no me ha supuesto ningún problema la diabetes (quizá durante la pubertad fui un poco rebelde, comía chocolate a escondidas y cosas así, pero en realidad nada serio). Aunque si conozco gente que ha hecho tonterías (llamémoslo así).

En mi época pre-adolescente mis padres me enviaron a un campamento para niños con diabetes (un abrazo muy fuerte para el Dr. Ángel Brazales allá donde esté) porque de repente le cogí miedo a pincharme. Total que allí que me enviaron, y en ese campamento al final de la convivencia nos hacían rellenar un cuestionario con preguntas del tipo “¿Preferirías ser sordo o diabético?” o “¿Preferirías tener solo un brazo o ser diabético?” o una de las más bestias que recuerdo, “¿Preferirías tener cáncer o ser diabético?”, y me sorprendía la cantidad de niños y adolescentes que contestaban cualquier barbaridad antes que ser diabético.

De hecho, recuerdo una chica se jactaba de chantajear a su madre con pincharse más insulina de la que le correspondía si no le compraba todos los caprichos que se le antojaban. Años más tarde también me enteré que uno de esos compañeros dejó de pincharse durante meses como venganza hacia sus padres, y no se murió de milagro, pero tuvo todos los efectos secundarios creados por la diabetes habidos y por haber.

Los enfermeros y enfermeras, educadores y educadoras, médicos y endocrinos que nos tratan, a menudo tienen que saber más de psicología que de nuestra enfermedad para poder prestar ayuda a los enfermos y también a sus familiares, porque para que una persona no le dé la espalda su enfermedad y se plante al borde del abismo (como le pasó a mi amigo) primero tiene que tener la mente en paz y no estar enfadado con el mundo y aceptar que hay cosas peores en esta vida, y saber pedir ayuda cuando se esté triste.

Sí, yo soy la primera que sabe que esto a veces cansa, pero los días malos no duran para siempre, y en general esta es una enfermedad llevadera, así que celebremos que estamos vivos y que ¡viva el humor!



Artículo incluido en la revista EN3D de la organización FEDE